Mi historia

Puede que este relato remueva algo en quien lo lea. No es mi intención causar dolor, sino compartir el camino que me llevó a convertirme en la mujer que soy hoy.

Infancia

Soy la tercera de cinco herman@s, hija de emigrantes portugueses que llegaron al País Vasco buscando una vida mejor. Nací en 1982 en un entorno humilde, marcado por el esfuerzo y también por la violencia.
Mi padre tenía problemas con el alcohol y, aunque trabajaba duro, el maltrato físico y verbal era parte del día a día. Yo prefería los días en los quel el trabajaba por la tarde, porque así había menos bronca, menos tensión, menos miedo.

Los fines de semana eran los peores. Entre gritos, golpes y castigos, aprendí muy pronto a callar. Mi madre hacía lo que podía: trabajaba fuera de casa y dentro también, agotada, enferma y sin tiempo para ella. Nos cuidaba como sabía, pero no podía protegernos de todo.
Mis hermanas fueron mi refugio. Entre nosotras nació una complicidad que todavía hoy agradezco.

Silencio

Cuando tenía unos seis años sufrí abusos por parte del padre de una amiga. Él aprovechó mi necesidad de atención y afecto. No entendía bien lo que pasaba, pero sentía que no estaba bien. Callé por miedo, vergüenza y culpa.
Mi cuerpo habló por mí: empecé a orinarme en la cama, tuve crisis de ansiedad que nadie supo ver. En lugar de consuelo, recibí más castigos. Aprendí que hablar era peligroso. “Apaga la radio”, me decían. Así entendí que mis palabras no importaban.

Adolescencia

Mi madre, al ser nosotros un poco más mayores, empezó a poner limites. Mi padre intentó suicidarse, se recuperó, volvió… y el ciclo se repitió. La convivencia era una montaña rusa.
Yo crecí sintiéndome sola y desconfiada. A los 12 años empecé a trabajar. A los 14 me escapé de casa. A los 18 ya estaba casi independizada.
Estudié y trabajé al mismo tiempo, terminé Administración y Finanzas y llegué a la Universidad para cursar Empresariales. Conseguí un buen trabajo, pero por dentro seguía vacía.

Empecé a endurecerme. Me volví exigente, controladora, incapaz de empatizar. Rechazaba todo lo que me recordara a la fragilidad o a la inocencia. Era mi manera de protegerme.

Reencuentros

Con los años, la relación con mi padre cambió. Dejó el alcohol, fue a terapia y empezó a darse cuenta de todo lo acontecido. Lo recuperé como padre y pudimos reconciliarnos.
También empecé a acercarme a mi madre. Juntas hicimos el Camino de Santiago, un viaje que abrió un espacio nuevo entre nosotras. Por primera vez pudimos escucharnos sin reproches, solo con verdad.

Transformación

Tiempo después conocí a mi pareja, con quien llevo más de una década de vida compartida y crecimiento.
Los últimos años han estado llenos de cambios profundos: la enfermedad y despedida de mi padre, una depresión que me obligó a detenerme y una búsqueda más consciente de sentido.

Viví en Bali, Indonesia, rodeada de belleza, éxito y oportunidades. Tenía todo lo que se supone que debería hacer feliz a alguien, pero por dentro seguía sintiendo un vacío.
Fue allí donde comprendí que el silencio enferma y que hablar sana. Que mostrar las cicatrices no debilita, sino que dignifica. Que la sensibilidad no es una debilidad, sino una forma profunda de amar.

Creciendo juntas

En ese proceso conocí a una mujer que acompañaba a otras víctimas de abuso. Ella me ayudó a entender mi historia, a poner palabras al dolor y a transformarlo en propósito.
De esa experiencia nació Creciendo Juntas, un espacio para compartir herramientas, comprensión y acompañamiento con mujeres que también buscan reconciliarse con su historia.

Me formé en distintas disciplinas del coaching humanista y eco-integrativo, profundicé en temas de abuso y trauma infantil y colaboro en proyectos para la prevención del maltrato.
Creo firmemente que cuando los adultos comprendemos nuestras heridas, dejamos de repetirlas con los demás.

Hoy

Vivo en Cozumel, México. Lidero varios proyectos que combinan mis pasiones: el mar, el crecimiento humano y la conexión entre personas.
Sigo siendo exigente, pero ya no desde la herida.
Trabajo con enfoque, conciencia y coherencia.

Hoy acompaño a mujeres que, como yo, alguna vez se sintieron rotas por dentro aunque nadie lo notara.
Las ayudo a comprender su historia, a abrazar su sensibilidad y a recuperar la paz que siempre estuvo dentro.

Porque comprender no es olvidar.
Es aprender a mirar atrás con amor, sin miedo y sin culpa.

Además de liderar mis proyectos, estudio Psicología. Me apasiona aprender y seguir profundizando en el conocimiento del ser humano, para ofrecer acompañamientos cada vez más conscientes, humanos y reales.

Desde aquí sigo cumpliendo mi promesa: compartir mi historia para que ninguna mujer vuelva a sentirse sola en su dolor.